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7.11.05

17:30 - Un pequeño cuento de distinta índole

Cray distinguía dos etapas en su vida. En la primera fue un intelectual frívolo, amante de la poesía de Góngora y de los debates político-filosóficos de salón, con ciertas dotes para escribir relatos preciosistas con más forma que esencia. Su meta en esta vida era alcanzar fama imperecedera, gracias a su sin par talento literario, o quizás por su acertado liderazgo del mundo. Más tarde se daría cuenta de cuánta gente, incluidos grandes personajes históricos, nunca pasó de la etapa frívola, y los compadecería.

El punto de giro fue conocer a Elisa. Es imposible describirla, ya que vacuas palabras no pueden abarcar el infinito de la perfección.

Los engranajes de su mente se pararon, su escala de valores se derrumbó. Tiró su pasado por el desagüe y comenzó a vivir. Redescubrió con las emociones lo que ya conocía con la lógica. La película en blanco y negro se inundó de color. Aquella ideología suya por la que habría muerto se disolvió en un mar de olvido. Aprendió a despreciar a quienes, como él, escribían con absoluta perfección sobre nada en especial; Elisa trasladaba al papel pequeños trozos de su alma. Cray empezó a imitar su estilo, diametralmente opuesto al suyo, pero tan superior a éste como Nietzsche a Kant.

Elisa se fue. La eternidad se habría hecho corta, la brevedad se hizo un instante. Si algo tenía claro Cray es que, habiendo dejado de existir quien le suministraba su dosis de vida, la muerte era el único camino a elegir. Se dirigió al cuarto de Elisa. Sabía que en un cajón tenía tranquilizantes: una forma tan buena como cualquier otra de ponerle el punto final a su vida. Cogió un manojo de pastillas y se dirigió a la puerta, pero se paró a medio camino; la pantalla del ordenador estaba encendida, y el cursor del ratón parpadeaba sobre un folio a medio escribir. En el procesador de textos se hallaba el último relato de Elisa. Un relato que nadie, nunca, conocería. Una colección de trozos de alma que se truncaría nada más empezar. Lentamente, Cray abrió la mano, y los tranquilizantes cayeron al suelo, haciendo el ruido de la última pared de un corazón al derrumbarse. Suicidarse sería la opción fácil. Se sentó frente al ordenador y continuó el relato. Y tras éste otro más. Él moriría, pero Elisa viviría para siempre.

Escuchando: Endlessly (Muse – Absolution)


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