Empuñó la pala y empezó a cavar.
Nunca creyó en el amor. Después de todo, el sexo es suficiente para aliviar un empalme, y el único amor en el que se debe pensar es en el propio. Todas las mujeres suspiraban por él, por sus proporciones perfectas, por su gallardía, por su inteligencia. ¿Quién podía pedir más?
Paletadas de tierra ensuciaban su traje por lo demás impecable. La luna se burlaba de él jugando a esconderse tras un ciprés movido por el viento.
Ella no era distinta. Tan inocente como las demás mujeres. Tan fácil de seducir como ellas. Y mediocre en la cama. El corto lapso de tiempo que estuvo con ella no tuvo nada de especial. Tampoco cuando la abandonó sintió nada. Aunque no estaba nada, nada mal de cuerpo. Una auténtica delicatessen en ese aspecto.
La pala al fin dio con algo duro. En poco tiempo, la tierra que rodeaba el ataúd estaba excavada.
Sólo después se había fijado en las muestras de amor que ella le había ido entregando durante esas pocas semanas. Sus miradas, sus palabras (simples pero sinceras), su forma de cogerle de la mano, los momentos en el lecho, y el veneno con el que se había suicidado hace unos días. Esto último en su momento solo le había provocado risa.
Abrió el ataúd. Ahí estaba. Tan bella como siempre. Si acaso algo más pálida.
Se había olvidado de ella en pocos días; antes de dejarla ya tenía echado el ojo a otra captura, una jovencita de buena familia. Después de presentarse ante ella con fingida turbación le escribió una carta en que le manifestaba su sincero amor, a la que siguieron otras de la misma índole. Tras algunas breves entrevistas a la luz de la luna, se coló en su casa sin avisar, para recoger los frutos del fingido romance.
Acarició sus labios antes de abrir delicadamente su boca.
La que estaba llamada a ser su nueva conquista estaba en el jardín con unas amigas. Mientras hojeaban unas cartas (SUS cartas), ella les hacía un relato rozando lo grotesco de sus tête-à-tête. Todas lloraban de risa. El objeto de su burla, con la cara descompuesta, estuvo paralizado el tiempo suficiente para enterarse de que en toda la ciudad se le consideraba un viejo patético, y que en los últimos años todas sus amantes lo habían sido por pura chanza. Su físico ya solo provocaba la risa de las damas, que se veía acrecentada por la forma en que se pavoneaba de él. Sus cartas sólo expresaban la cursilería de su autor. Lentamente, el vilipendiado galán volvió por donde había venido. Al saltar el muro, notó por primera vez que le costaba mucho más que hace veinte años.
La abrazó desesperadamente y buscó con su boca la suya.
Sólo una persona lo había amado. Sólo una persona había conseguido apreciar el cúmulo de defectos y fatuidades en que consistía su persona, algo de lo que él, ahora que había visto la verdad, no era capaz.
Su lengua encontró lo que estaba buscando. Aún quedaban restos de veneno. Fue tragándoselos sin aflojar su abrazo. Y su lengua siguió explorando la boca de su amada aun cuando no hubo más toxina.
Ni cuando la vista empezó a nublársele separó sus labios de los de ella.
dixit...
Joder, has dado un cambio radical con respecto a los anteriores relatos. No estan nada mal estos dos últimos, sin embargo prefiero el despolle de los primeros (con el de la fractura pusiste el listón realmente alto, cuestión de gustos, supongo).
CyaN dixit...
Voy haciendo el tipo de relatos que más me apetece en cada momento. No he renegado del humor; en su momento volveré a la etapa inicial.
Lucky-Lilith dixit...
A mi me gustan estos...(No era necesario decirlo, verdad?)

