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24.11.06

04:16 - Imagen

Un gran corazón de papel, que parece sacado de cualquier decoración de San Valentín, se precipita desde el cielo. Le angustia la caída; cualquier cosa sería mejor que ese vacío. Al fin aparece el suelo. Está cubierto de estacas afiladas, excepto por algunos otros corazones de papel, diseminados por aquí y por allá. El corazón tiene suerte y aterriza sobre uno de ellos, pero tras algunos segundos de tranquilidad éste cede y revela que bajo él hay estacas aún más afiladas y en mayor número. Ambos corazones son perforados. Cuando llega al suelo, descubre que éste no es tal, sino tan sólo una nube sobre la que se yerguen las estacas. El corazón la atraviesa y vuelve a caer al vacío; también lo ha hecho quien fuera brevemente su salvador, pero se ha precipitado en una dirección distinta y pronto lo pierde de vista. El vacío lo reconforta al principio, pero pronto vuelve a desear que se acabe. Quizás haya algún corazón que no esté sustentado sobre estacas, o quizás llegue a tierra y termine todo. Nota que la marca de las estacas sigue allí. Sospecha que es indeleble.

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2.6.06

16:01 - Oda al Odio

But when least expected...


Me preguntas, ignorante, que por qué lo hice. Te equivocas de cuestión. Os equivocáis tú y toda la demás gentuza. La pregunta correcta, la única pregunta, es a qué grado de consciencia ha llegado quien lo hizo. Deberías, oh mediocre, haber caído de rodillas ante la belleza de un sentimiento puro. ¿No viste la divinidad en cada uno de mis movimientos? ¿Hasta tal punto te has vendido al mundo que te horrorizó la idea de untarse con sangre?

Alegas que eran niños. ¿Pero en qué los exime esto de los pecados de la realidad? De mayores habrían sido otro engranaje del absurdo. Y, en el caso de no serlo, les he ahorrado el desengaño. Mediante ellos, pese a ser impuros, conseguí expresar una ira pura. ¿No pone esto en evidencia que su valor como instrumentos era mayor que su valor como objetivos?

No hay nada en mis actos de "locura transitoria". Al contrario; al fin he conseguido encontrar el sentido eterno. Locura transitoria es, hombre vulgar, a lo que tú te aferras. ¿Quién escribió las reglas por las que te diriges? "No matarás, no robarás..." ¡Monserga para indolentes que sobreactúan! Creen que ser un engranaje es un regalo y que toda la maquinaria se diseñó para dar cabida a estos. Yo he salido del error; la función de la gran máquina es permitirme alcanzar la Pureza.

¿Alguna vez has amado? Yo responderé por ti: no. Ningún integrante de la chusma lo hará jamás; es vuestro destino ser sólo mi decorado. Pero yo sí lo hice. Y entonces, en el momento cumbre, sentí Aquello. Aquello era algo que trascendía la maquinaria; no te molestes, lo que tú insistes en haber sentido es un remedo de tópicos. Y, ¿sabes qué? Está claro que no: saber es incompatible contigo... Sólo en una ocasión he vuelto a sentir Aquello. Los niños podrían hablarte sobre mi éxtasis, si aún tuvieran la cabeza unida al cuerpo. Pero qué digo, ellos tampoco entendieron lo que pasaba.

Tu tiempo en mi escenario está terminando; no me apetece que escuches más de mi soliloquio. Sólo te diré algo, y te concederé el derecho a repetirlo sin entenderlo, que a tantos otros genios has arrebatado sin preguntar; quien idolatra el amor es porque no sabe apreciar el odio.


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10.4.06

17:16 - El político

Él nunca quiso ser así. En su fuero interno, se considera una buena persona, y también lo hacen quienes lo conocen hasta cierto punto. Pero ha interiorizado que lo único que tiene en esta vida es a sí mismo, y eso le obliga a usar a todo el mundo y todo lo íntimo que le confiesan en su provecho. Se asegura de que nadie pueda ser consciente de la traición, pero no puede impedir serlo él mismo. Y por eso quienes llegan a penetrar en lo más profundo de su templo encuentran entre columnas de mármol un dantesco montón de cadáveres, formado por aquellas relaciones íntimas que ha matado, y huyen para siempre de su lado, profundamente decepcionados. Ese irrefrenable impulso es el que le ha llevado al éxito y a la infelicidad.

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3.4.06

21:18 - En vano

Marchas durante décadas por el camino que has elegido, deformando la realidad y a ti mismo para que se ajuste a él. Y todo para llegar al final y descubrir que, en algún cruce, equivocaste tu marcha. Pero ahora es demasiado tarde, y ya no tienes ni un camino recorrido ni las fuerzas para andar uno nuevo.

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1.4.06

16:33 - Caos

La Muerte se enorgullecía de haber respetado siempre el orden natural. Sólo visitaba a aquellos cuyo tiempo asignado había terminado, y éstos lo sabían de antemano. Gracias a esta rutina el mundo era un lugar feliz y en armonía.

Pero a los demás dioses les aburría este orden, y decidieron admitir entre sus filas a un nuevo miembro, cuyos poderes, pese a parecer de lo más nimios, harían que el mundo fuera algo más interesante: la Fortuna. La Muerte estuvo en desacuerdo desde un principio: pensaba que dejar actuar a la Fortuna sin conocer sus límites era una irresponsabilidad. Pero ella sola no pudo vetar la decisión de la Corte Divina, y la Fortuna tomó posesión de su cargo.

Habían pasado unos meses desde entonces. Como cada día, la Muerte se dirigía a hacer su trabajo. Y, por primera vez, le fue imposible. A su primer cliente se lo había llevado una enfermedad inesperada. Sus allegados culparon a la Muerte de esto, y, llenos de odio, la acusaron de traicionarle. Pero ella no tenía pensado visitarlo hasta hoy. Pensando que debía exponer el caso ante las demás deidades, para que el orden del mundo se restableciera, fue a visitar al segundo de su lista. Visita en vano; la picadura de un insecto lo había matado unos días atrás. La Muerte siguió visitando a quienes habían de morir hoy, pero en ningún caso pudo cumplir con su labor.

Al día siguiente, en el Tribunal Divino, la enfurecida Muerte acusó a la Fortuna de interferir con su trabajo. Le bastó con relatar sus recientes fracasos para poner a todos los dioses a su favor. De hecho, la Fortuna no intentó en ningún momento defenderse. El Sentido de la Vida, dios supremo, se dispuso a declararla culpable y desposeerla de sus poderes. Pero, de repente, se llevó la mano al corazón y la cara se le puso blanca. Unos segundos después, pese a ser por definición imperecedero, cayó muerto.

La Muerte entendió al fin que los poderes de la Fortuna eran tan insignificantes como ilimitados. Se le había otorgado el poder de cambiar a su gusto el orden natural, y eso lo incluía todo. Existiendo ella ningún otro dios tenía sentido. Sólo cabía refugiarse en el lugar más seguro posible, intentando no darle oportunidades de actuar, y dejar que la Fortuna se apoderara por completo del mundo.

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23.3.06

21:52 - Epílogo

Se baja hasta el final, y se descubre que en el fondo del pozo no hay nada. Bien estaría que hubiera, al menos, un vacío, pero no; no hay nada. Entonces se vuelve a subir, si se consigue, con el sueño roto.

Se finge que todo es como antes. Sin embargo, se es consciente, hasta la muerte, de no ser uno mismo sino un actor interpretando ese papel. Se duerme, se come, se ama, pero no hay nada auténtico en ello. Uno intenta ahogar al sincero asesino interior con trabajo, con emociones. Solapándolo. Pero, cada pocas horas, días, meses o años, resurge.

Se elucubra si los demás son conscientes de la falacia. Si continúan sus vidas gracias a la ignorancia o al escapismo. Pero nunca se sabe, porque el exterior no cambia. Sólo lo hace el interior.

Y se espera con ansias el momento de terminar la pantomima.

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9.3.06

17:53 - Filofovea

La última gran guerra bacteriológica había hecho imposible la vida en la superficie, y lo que quedaba de la humanidad se había refugiado en el subsuelo, en una caverna llena de sombras. Allí se había fundado la ciudad de Omnis, y se había explorado al milímetro el lugar. Con una excepción: un pozo natural, cuya profundidad era imposible medir con cualquier instrumento.

El interés de la mayoría de los habitantes por el pozo era nulo. Les bastaba con llevar una vida relativamente feliz y cómoda. De hecho, el pozo resultaba perturbador para muchos, y abogaban por sellar la entrada e intentar olvidar que existía.

Pero a lo largo de los siglos muchos curiosos habían hecho expediciones intentando encontrar su fondo. Muchos de ellos, bien pertrechados y perfectamente entrenados, regresaban a los pocos días, diciendo haber encontrado el fondo. Contaban a quienes les querían escuchar que el pozo era más fascinante cuanto más se bajaba, y que encontrar su final había sido para ellos una experiencia agridulce. Pero poco tiempo después algún nuevo explorador probaba que el fondo no estaba donde decían, sino más abajo, y que había toda una nueva serie de maravillas esperando a quienes decidieran ir más allá. Les acusaban de cobardes, de no haberlo sacrificado todo por el conocimiento. Acusaciones que se volvían contra ellos cuando alguien bajaba más aún.

También los había que, humildemente, reconocían haberse quedado a mitad del camino. Aunque estos traían las narraciones más veraces sobre el pozo, nadie les hacía caso. Los habitantes de Omnis sólo estaban interesados por quienes intentaban demostrar que el pozo tenía fondo.

Y, por último, estaban los que no volvían. En ocasiones carecían del equipo y la habilidad necesaria y caían al poco de comenzar el descenso. En otras ocasiones llegaban tan lejos que les resultaba imposible volver y su conocimiento sobre el pozo, superior al de cualquier otro, se perdía con ellos.

Cray era un escalador de gran habilidad y tenía una incesante sed de conocimientos. Dadas estas dos condiciones, era obvio para todos que bajaría por el pozo. Y él no les decepcionó. Con una gran cantidad de provisiones y el mejor equipamiento, inició el descenso, con la intención, como todos, de descubrir el fondo del pozo.

No le había decepcionado. El pozo era extraordinario; era lo único extraordinario. Conforme bajaba había ido viendo los restos de sus precursores, aquellos escaladores que aseguraban haber encontrado el fondo, y Cray los entendió. Probablemente ellos mismos se hubieran creído su mentira; era un inmenso alivio pensar que ya se sabía todo sobre el pozo.

Al llegar a cierto punto, algo más allá que cualquier escalador del que se tuviera noticia, comprobó los víveres que le quedaban. Aunque los había racionado lo mejor posible, vio que quedaba la mitad exacta.

Pensó en sus opciones. Podía volver arriba y fracasar, porque no había encontrado el fondo, aunque nada le impedía afirmar que lo había hecho. O podía seguir y fracasar, porque si avanzaba un sólo metro más estaría condenado a morir. Además, nada le garantizaba que, aún así, fuera a encontrar el fondo.

Cray se quedó pensando.

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28.2.06

05:17 - Iba a llamarse "La curación del leproso"

Cada día recordaba su infancia. Como sus hermanos, había corrido y jugado, feliz, sin preocupaciones, hubiera o no ese día un mendrugo de pan que echarse a la boca. El tren de su vida había marchado a toda velocidad por un raíl que decía ser el único. A los diez años, Yago de Cafarnaún ya estaba predestinado a casarse con la hija de un maestro de la ley. Aunque era fea y estúpida, su matrimonio supondría una subida de estatus para la familia de Yago, así que éste esperaba impaciente a que llegara el día de la boda.

Unos meses antes de la boda, Yago había estado trabajando hasta tarde en el campo de un cacique, que compraba su sangre y su sudor a precio de saldo. Cuando volvía a su hogar distinguió entre las sombras del crepúsculo una figura tirada en el camino. Los quejidos que exhalaba le hicieron pensar que era un anciano herido, quizás por el ataque de unos bandidos. Llegando junto a él, se arrodilló a su lado, y le preguntó qué le había pasado. El anciano le suplicó que le matara. Le rozó con sus manos, y las nudosidades putrefactas de éstas respondieron a todas sus preguntas. Aterrado, Yago huyó del leproso. Pasó toda la noche rogando a Jehová para que la enfermedad no lo infectara.

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¿Qué pasa después? Yago se infecta y pasa años y años viviendo "a la leprosé". Por último, Jesucristo lo cura, y Yago se queda sin fuerzas, porque ha perdido su razón para vivir, que era sufrir la lepra. Una metáfora (salvando las distancias) bastante clara para quien me conozca. ¿Y por qué no lo he escrito? Porque dejé el cuento a medias y, para cuando quise retomarlo, ya me parecía una tontería, como me lo parece todo lo que he escrito antes. Dije hace tiempo que mis relatos son una descripción de mí mismo en el momento de escribirlos, y cada día se hace más patente.

Soy incapaz de escribir una obra larga, porque soy incapaz de fingir que estoy volcado en lo que escribo cuando ya no lo estoy, y soy incapaz de mantener una idea fija en mi cabeza. A veces siento, maravilloso egocentrismo, que en mí no hay una persona sino miles, esperando que cumpla con las expectaciones de todas ellas e intentando hacerse con mi control.

Mi mente se ha convertido en un caos; cada día estoy más seguro de no conocerme.

Sé que si me voy ahora a dormir nunca publicaré esto. O quizás lo termine aquí y uno de mis tantos "yo" escriba debajo una reflexión acerca de esta reflexión.

He estado unos segundos sin escribir, y ya he cambiado de idea: no publicaré esto. Por suerte, he vuelto a cambiar de idea: he pensado en aquel lector ideal pero invisible que todo juntaletras tiene la esperanza de tener (o incluso más de uno). Y, por aquel lector ideal e invisible cuya obvia no-existencia me resulta imposible demostrar, aquí va una entrada menos críptica que de costumbre, que doy por terminada ya porque dentro de unos minutos me parecerá una tontería y la borraré.

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3.2.06

21:35 - Una buena acción

Alex era un niño bueno y obediente. Estudiaba mucho y siempre hacía caso a sus padres. Tenía once años.

Un día, camino del colegio, vio a una anciana mirando con ansiedad la corriente de automóviles que pasaba por la calzada. Hizo lo que debía hacer: le señaló un paso subterráneo cercano, por el que podía cruzar sin riesgos, y siguió su camino.

Pilar estaba preocupada porque había dejado a su nieto solo, dormido, mientras iba a comprarle pañales. Sus padres se lo habían dejado un par de días mientras se presentaban a unas oposiciones en la otra punta del país; era lo que debían hacer para que su hijo tuviera la vida más cómoda posible, sin privarse de nada. Había intentado localizar a alguna vecina para que le echara un ojo, pero todas estaban en la reunión de una asociación que mandaba ropa a los niños pobres. Empezó a bajar con rapidez las escaleras del paso subterráneo. En el tercer escalón resbaló y cayó. Se rompió la cadera derecha y perdió el conocimiento.

El pequeño David despertó una hora después. Su llanto inicial se cortó cuando se dio cuenta de que no estaba en su casa. Se dispuso a explorar y, con un poco de esfuerzo, bajó de la cuna. Pero aquí la cuna no estaba junto a la cama. Al caer se golpeó en la fontanela.

Pilar recuperó el conocimiento a las once de la mañana. Al borde de la histeria, llamó a una de sus amigas, que ya había vuelto, para que fuera a ver al niño. No cortó la llamada, así que pudo oír de primera mano los gritos de su vecina al ver la escena. El ataque al corazón fue fulminante.

Jorge y Sandra se habían peleado el día anterior. Era por la tensión del examen. Ahora Sandra estaba segura de que había suspendido, y se encontraba en un pésimo estado de ánimo. Fue entonces cuando la avisaron. Tras enterarse de lo fundamental, cortó la llamada, con expresión ausente. Mientras iba hacia la ventana de la pensión en que se alojaban, pensó que ayer, sólo ayer, había tenido un hijo, un marido y una madre. Era un sexto piso.

A Jorge el examen le había ido fenomenal, y estaba a punto de explotar de alegría. Incluso había olvidado la discusión de ayer con Sandra. Encontrarla frente a la pensión en el centro de un charco de sangre se lo recordó. El cuerpo había amortiguado la caída del móvil, que, milagrosamente, seguía sonando. Como en un sueño, Jorge cogió el teléfono, y supuso rápidamente los motivos del suicidio. Riéndose a carcajadas, entró en el edificio, se dirigió a la cocina y se abrió las venas de la mano izquierda. El borbotar de la sangre se acompasaba con sus carcajadas, componiendo un macabro minuet.

Para entonces, Alex volvía a casa.

Esa noche lo despertó el chirriar de la puerta de su cuarto. Vio como entraban en procesión una anciana extremadamente pálida, una mujer de mediana edad con la espalda y el cuello retorcidas de forma imposible y con su hijo, con la cabeza deformada, en brazos, y un hombre de la misma edad de cuya muñeca aún salía un surtidor de sangre. La anciana le contó la historia. Al acabar, afirmó:

-Alex, has matado a mi familia.

El niño, debatiéndose entre el horror y el terror, respondió:

-¿Pero... qué podría haber hecho? ¿Cómo puedo hacer el bien?

-¿Crees que si supiéramos eso estaríamos muertos? Sólo hemos venido aquí para descargar nuestras culpas en ti, porque eres el eslabón más indefenso de la cadena.

Alex era un niño bueno y obediente. Estudiaba mucho y siempre hacía caso a sus padres. Por lo tanto, murió a los once años, tras asesinar a cuatro personas.

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29.12.05

00:37 - Relato III

Cada día, entre la sangre y la arena, Charles D’Aquitaine había tenido un momento para acordarse de Eleonora. Ella era todas sus razones. Llevaba ya diez largos años en las cruzadas, y si había ido a ellas en primer lugar había sido por su esposa. Habían hablado del tema largo y tendido; a ella le dolía enormemente verle partir, pero defender la fe cristiana era un tema vital para él, y no quería poner freno al idealismo de su marido. Finalmente, Charles había marchado a tierra santa. La noche anterior fue la mejor y la peor de su vida. Durante largos años había sufrido privaciones y sufrimientos luchando por Jerusalén, pero ningún dolor se comparaba al de abandonarla. Sabía que su esposa le amaba de verdad y sabía la importancia de esto, y se compadecía de todos aquellos que se habían casado por interés. Ella venía de familia campesina, pero lo que le daba no se podía comprar con todo el oro de la realeza.


Hoy, por fin, volvería a verla. Ya veía a lo lejos los pendones de su castillo. No podía soportar la lenta marcha de los hombres de armas; estaba tan cerca... Necesitaba verla ya. Sin importarle lo que pensaran de él (aún siendo tan orgulloso), espoleó a su caballo y galopó hacia su hogar, dejando atrás a su compañía.


No había avisado de su llegada. Todo fueron alegrías para los habitantes del castillo, pero él notó algo distinto en la cara de su esposa. Siempre había leído su expresión a la perfección; sin embargo, ahora le resultaba indescifrable. Pensó que necesitaría algo de tiempo para volver a compenetrarse con ella.


En la cama la notó muy distinta a cuando se marchó. A él le supo a gloria, a ella a poco. Sólo se dio cuenta más tarde, mientras intentaba conciliar el sueño. Aún la conocía lo suficiente para saber que ella tampoco dormía.


-Cariño... ¿te encuentras bien?

-Claro que sí, pero he estado una década sin verte. No obstante, ya verás como dentro de poco todo vuelve a ser como antes, mi cruzado. Tu también debes acostumbrarte de nuevo a las aburridas aquitanas; las esclavas sarracenas deben haberte malacostumbrado.

Charles sonrió, y supo que ella también lo hacía. Le había prometido no conocer mujer y lo había cumplido a rajatabla. Viendo sus temores aplacados en parte, se durmió.


Al día siguiente, en el improvisado banquete, conoció al nuevo juglar. Le pareció un joven irreverente y nada de fiar, pero, por lo visto, a Eleonora le gustaba. Aunque en las miradas que le dirigía creyó advertir algo más que aprecio.


Pasaron los meses. Charles la conocía cada vez menos. Las historias de batallas que le contaba no le producían ningún interés, aunque intentara disimularlo.


Él cada vez hablaba menos con Eleonora. Ella miraba al juglar como antes lo había mirado a él.


Llamó a su más fiel criado.

-Matier, ¿desde cuando ha estado ese juglar aquí?

-¿Lucien, señor?

-Sí, como se llame.

-Llegó en vuestro séptimo año en las cruzadas.

-Esto es... ¿hace dos años?

-Tres, señor.

-Sí, eso. ¿Y cuánto lleva tirándose a mi mujer?

Matier se quedó blanco. Charles lo despidió con un gesto; ya sabía todo lo que necesitaba saber.


Tras otra decepcionante noche abordó el tema:

-Eleonora.

-Dime...

-¿En qué he fallado?

Ella, fingiendo soñolencia, le contestó:

-No sé de que hablas, cariño... Duérmete.

Su Eleonora nunca le habría contestado con evasivas. Le habló con gravedad:

-Sé de sobra lo tuyo con Lucien. Ahora, por favor, dime en qué he fallado.

A Eleonora le falló la voz. Sus ojos se humedecieron.

-Siento mucho hacerte daño, en serio... Te quiero mucho, y lo sabes... Pero... Él cuenta historias de países lejanos... No sólo de batallas, sino de amores, y de magia... Él es un experto en cosas que yo nunca había oído mencionar...

-Suficiente.

Él también tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no pensaba dejarlas salir. Su dignidad era lo único que le quedaba. Cogió su daga y salió del cuarto, con la furia reflejada en su rostro. Cerró con llave desde fuera, dejando atrapada a su esposa, que, por primera vez desde que la conociera, estaba histérica.


Eleonora había ordenado que dispusieran un cuarto para Lucien, en lugar de dormir con el resto de plebeyos en el salón. Charles se dirigió hacia allí a grandes zancadas, vestido sólo con la camisa.


Se había temido algo y la puerta estaba atrancada. La echó abajo de un par de patadas. Lucien sostenía una espada con manos temblorosas; saltaba a la vista que no sabía usarla. Se la quitó de un manotazo y la tiró por la ventana.


Notó pasos detrás suyo. Era Eleonora; solo ella corría así. Al verla, la expresión de derrota de Lucien cambió. Se lanzó hacia él, con las manos desnudas, aún sabiendo que le esperaba una muerte segura. Charles lo derrumbó de un golpe y conoció en la desesperación de éste la de aquellos que tienen algo que perder mucho más importante que su vida. Su expresión cambió de la furia al desconcierto por unos instantes, para acabar con cara de cansancio, con la cara de quien ha comprendido que su vida ha acabado.


Dio unos pasos hacia el interior de la habitación. Pasos de anciano.


Tendió la mano al sorprendido Lucien y le ayudó a levantarse. Acto seguido, se clavó la daga en el corazón.

-Ahora tú eres el señor del castillo y de su dama. Por favor, hazla feliz. Puedes hacerlo mejor que yo...

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